jueves, 30 de julio de 2009

DIOS EN LA GUERRA



Caminaban trémulos de incertidumbre, con la cabeza gacha entre el espesor de los cadáveres regados en las enredaderas selváticas, levantando en el aire un aroma lúgubre por el recuerdo de una agonía y una masacre impetuosa. Aún podían sentir el miedo certero de ser víctimas de los cachacos que merodean como espectros fantasmales a su alrededor. La ubicación de la luna en el cielo, negro chillo como el alma de un asesino, y el viento frígido y fugaz, daban la señal de las once de la noche, y filtraban entre los árboles, tímidos rayos de luz con los que se guiaban los doce terrucos con el poncho hasta los talones, el pasamontañas cubriendo sus rostros de pómulos salientes y pelos quiscudos, armados con bayonetas con las que revolvían los cuerpos tendidos en la búsqueda de caras conocidas, trabajo difícil por la magnitud de la masacre.
¡Han matau a todos estos cachacos de mierda!- vociferó muy indignado la cabeza del grupo.
-tranquilo Eusebio, baja la voz, no vaya ser que todavía estén por aquí- le dijo su mujer que andaba con ellos.
La densa bruma de infortunio con la que se había topado la tropa, traía hasta sus pulmones el frío desesperado de no saber si seguir ahí donde la muerte está consumada, o escapar corriendo, como cuando llegan los cachacos a la selva. Pero ellos seguían su rumbo sigiloso, tratando de hallar entre el holocausto alguna de esas leyendas que se tejen luego de que la vida real resulta ser mas sorprendente que los cuentos mismos. Pero solo hallaron entre los cuerpos, una carta ensangrentada, completamente maltrecha y dirigida para el coronel Sánchez del ejército, que había ubicado su tropa hace dos semanas en la orilla del río con el fin de acabar con los campamentos de los terrucos. Eusebio sacó la linterna a pilas que llevaba en el cinturón y leyó letra por letra la carta que decía:
Son las 4:40 de la tarde ando ubicado en la carpa donde duermen los terrucos, son 14 que no pasan los 25 años, cada uno tiene un fusil doble cañón y 2 granadas, el cabecilla lleva el alias de “teniente martín” seguimos macerando la coca, aún tenemos reservas de comida y agua para 7 días más, y estamos a la espera de la orden para dejar el campamento, tienen planeado viajar a Ayacucho para un nuevo golpe, será mejor actuar rápido antes que estos malditos; atentamente, soldado Carlos.
-¡Mierda! tenían un cachaco entre los nuestros-. Eusebio se indigno aún más, -con razón nos ubicaron estos perros desgraciados, tenemos que tener mas cuidado no vaya ser que aquí también haya un traidor de mierda, vámonos de regreso a la carpa ya no hay nada que hacer aquí- hay que avisar a los demás campamentos que hay soplones entre los nuestros- apuraron el paso los 12 encapuchados, y entre la penumbra noctámbula a 10 metros de sus ojos, vieron una luz tenue que llegaba hacia ellos, que luego se convirtió en una oleada de balas, en un acto espontáneo como la muerte, que atravesaron los ponchos y no dejaron si quiera dar el grito característico de la muerte, hasta el lugar llegaron los soldados uniformados a la orden del coronel Sánchez, quienes identificaron rápidamente los cuerpos frescos de los 12 terrucos que aun faltaban exterminar,-aquí está el cabecilla Eusebio mi coronel- el coronel se acercó y sacó de la mano la carta que había encontrado el terruco, rápidamente se dio cuenta de eran las cartas que nunca habían llegado a su poder, las cartas del soldado Carlos quien se había internado intencionalmente con los terrucos para dar alcance a sus mayores, de todos los planes que traían consigo los subversivos, el encargado de llevar la correspondencia era un niño de unos 14 años quien venia de cuando en cuando a los campamentos trayendo en su espalda un costal completamente lleno de hojas de coca los soldados le ofrecían unas cuantas propinas por las cartas ya que no eran de su interés pues era analfabeto. -Revisen todos los cadáveres- ordenó el general-, creo q también matamos al soldado Carlos, los soldados inmediatamente revisaron uno a uno los cadáveres regados por todo el suelo congestionado de sueños rotos y metas inconclusas, -aquí está general creo que lo encontré- se oyeron como un grito de esperanza las palabras de un joven soldado, -si, es él, maldita sea, como carajo no se fijaron cuando dispararon, y porque no llegaron sus cartas hasta mi poder, ¿alguien sabe de esto?- los soldados sumisos respondieron negativamente,!nosotros creímos muerto al soldado Carlos mi Coronel, creímos que lo habían descubierto los terrucos, porque sus cartas nunca llegaron- nadie supo que fue lo que pasó con el niño que llevaba la correspondencia y eso mantenía mas intrigado al general, hasta que un soldado le dio alcance de que había encontrado a unos 40 metros de la ejecución, el cadáver del niño que podía ser quien llevaba las cartas, fueron presurosos hasta donde estaba, y ahí lo hallaron, con una expresión mortal como queriendo escapar de la ráfaga de balas, tendido en el suelo de cubito ventral y con un costal que traía las hojas de coca desparramas sobre él. Al parecer también había sido sorprendido a la hora del ataque, revisaron su pequeño cuerpo sucio de tanto andar en la selva, y mientras revolvían el costal de la espalda se desparramó un manojo de cartas sobre el suelo, Aquí están todas las cartas del soldado Carlos mi Coronel al parecer el niño nunca las entregó, tampoco están abiertas, el niño era analfabeto mi Coronel no tenía porque leerlas-
-matamos a un soldado y a un niño que se prestó a ayudarnos- pensó Sánchez- ¿porqué no entregaste las cartas todo hubiera sido mas fácil y quizá estarías vivo tú y el soldado Carlos?- pero quizá fuiste ese dios que salvó a sus aldeanos muriendo con toda la carga de sus malos actos, las llevaste mucho tiempo, y escapaste de los soldados solo para mantener vivo a tu pueblo.¡Puta madre!, porque no se dieron cuenta que este chibolo era como Dios, que murió con toda la mierda de los que no dieron nada por él.